lunes, 11 de diciembre de 2017

León, la cuna del parlamentarismo medieval




Las huellas del movimiento obrero en Londres


Londres tiene una rica y variada historia que se remonta a hace casi 2.000 años, cuando fue fundada por los romanos con el nombre de Londinium.

Durante todo este tiempo, se ha convertido en una de las capitales financieras y culturales más importantes del mundo. La ciudad de Londres ha experimentado la plaga, has sido devastada por el fuego, ha sufrido la guerra, las convulsiones políticas, bombardeos aéreos o ataques terroristas, y los trazos de esta amplia historia y cultura se pueden observar hoy en día en los diversos museos, monumentos, lugares y objetos que se encuentran por la ciudad.

Tradicional e históricamente, y a pesar de que fueron numerosas las civilizaciones y culturas que han pasado por la capital británica, así como acontecimientos históricos de lo más variado, sin duda alguna si hay algún elemento que ha sido seña de identidad de la ciudad inglesa, ese ha sido su carácter de ciudad obrera y política. 

Numerosos son los barrios londinenses donde la huella de los trabajadores quedó impregnada y, precisamente en relación con ellos, el movimiento obrero y los líderes y refugiados políticos obreros de todo el país y el continente europeo encontraron en sus barrios un refugio perfecto para vivir y desarrollar sus ideas.

A tal punto ha llegado esta identificación, que a día de hoy, la mayor parte de la historiografía occidental no duda en ubicar en Londres el nacimiento del moderno y actual movimiento obrero internacional, y ser uno de los pioneros en acoger a refugiados políticos.


1) El contexto histórico; un convulso siglo XIX

Sin duda, el periodo más esplendoroso económico, política y socialmente de Londres ha sido el reinado de la Reina Victoria de Hannover (1819-1901), durante el siglo XIX. Su reinado de 63 años y 7 meses ha sido el más largo en la historia del Reino Unido y se le conoció como época victoriana en su honor. 

En esta época, el Reino Unido alcanza al primer puesto como potencia económica mundial, y como el mayor imperio político del mundo, iniciándose con la coronación de Victoria como Emperatriz de la India en 1877 y acabando con los amplios dominios del imperio británico en Asia y África, además de su influencia en América y Oceanía.

Durante el siglo XIX, Londres se transformó en la ciudad más grande del mundo y la capital del Imperio Británico. Su población pasó de 1 millón de personas en el año 1800 a 6,7 millones un siglo más tarde.

En esta época, varios son los elementos destacados e innovadores que dejan huella en la ciudad y que contribuyeron a fraguar esa imagen de un Londres industrial y obrero que caracterizó a la ciudad en la era victoriana.

El primero de ellos, sin duda es la aparición del Metro de Londres durante esta época. La economía urbana Londres del siglo XIX se transformó con la aparición del ferrocarril, y especialmente con la llegada del metro o suburbano de Londres, el primero que se construye en el mundo y que abre sus líneas el 10 de enero de 1863. 

Por otro lado, la ciudad experimenta  el fenómeno de la industrialización latente, que venía desarrollándose desde finales del siglo XVIII en todo el país, pero que alcanzan su apogeo a mediados y finales del siglo XIX. 

Es precisamente ésta la época en la que los efectos de la industrialización se dejan ver en la geografía urbana con la diferenciación de los barrios por clases sociales y sus consecuencias. 

Es una época en la que surgen los barrios obreros, fruto de la concentración de la incipiente clase obrera inglesa en las grandes fábricas de la ciudad, según se cuenta en el libro “La situación de la clase obrera en Inglaterra”, publicado en 1844 por el ideólogo socialista Federico Engels, donde describe las barriadas de Manchester así;

“El panorama que se observa desde el Ducie Bridge es por otra parte característico de todo el barrio. Abajo fluye, o más bien se estanca el Río Irk, riachuelo oscuro como la pez y de olor nauseabundo, lleno de inmundicias y detritos que deposita sobre la orilla derecha que es más baja. 

En tiempo de seca, subsiste en este río toda una serie de parches fangosos, fétidos, de un verde negruzco, desde el fondo de los cuales suben burbujas de gas mefítico que despide un tufo que, incluso desde lo alto del puente, a 40 o 50 pies sobre el agua, todavía es insoportable”.

Toda esta situación de contaminación y degradación sanitaria e higiénica de los ríos y ciudades de la Inglaterra del siglo XIX derivaron en fenómenos puntuales de contaminación extrema, como fue el caso del “Gran Hedor” o “Great Stink” en Londres, de julio-agosto de 1858, periodo en el cual fue especialmente notorio un terrible y fétido olor saliente del río Támesis de Londres, debido a los muchos residuos humanos orgánicos vertidos al río. 

Como afirma el escritor británico Stephen Halliday, autor del estudio “The Great Stink of London”, durante décadas y desde el inicio de la industrialización, las alcantarillas de Londres vertieron al Támesis todo tipo de deshechos humanos, desde basura, excrementos, restos de comida en descomposición y hasta cadáveres humanos que eran rescatados de los ríos para ser llevados a hospitales y centros de estudio anatómicos. 

Este tipo de problemas generaron, además de la destrucción y el daño al medio ambiente, fuertes enfermedades y especialmente epidemias de cólera durante todo el siglo XIX, generando miles de londinenses muertos como efecto de esta problema. 

Junto con la expansión económica y comercial que la ciudad experimenta fruto del desarrollo industrial e imperial se produce una fuerte división de clases sociales que surge con gran fuerza en el Reino Unido y en Londres a finales del siglo XIX. 

La ciudad, como pasara con todas las grandes capitales mundiales de la época, se divide entre barrios obreros y barrios burgueses, y eso deja huella. Ya en esa época, podemos encontrar una gran diferenciación de Londres en zonas geográficas según las clases sociales. 

Frente a un oeste y sur-oeste de predominancia claramente burguesa y adinerada (Chelsea, Kensington, Mayfair…) encontramos una zona este de predominancia abiertamente obrera y empobrecida, claramente identificable geográficamente con barrios muy marcados, sobretodo en el East End (Whitechapel, Millwall, Bethnal Green, Spitalfields….). 

Estas zonas obreras, en las que abundaban los llamados “slums” o suburbios chabolistas, estaban fuertemente empobrecidas y deprimidas, donde la insalubridad, el hacinamiento, el trabajo brutal, el hambre, la pobreza y la miseria estaban a la orden el día, tal y como quedó reflejado en el llamado “mapa de la pobreza” elaborado en 1889 por el filántropo Charles Booth en el que, realizando un arduo trabajo de campo en cooperación con la policía y los vecinos del lugar, coloreó un mapa de Londres señalando los lugares más empobrecidos y los más enriquecidos y que, a día de hoy, sigue siendo un perfecto ejemplo de la geografía social de finales del siglo XIX. 


2) Las primeras corrientes organizadas en las zonas obreras 

Como método de respuesta a esta latente pobreza social en la que vivía sobretodo el East End, surgen dos movimientos opuestos en ayuda a la pobreza y a los trabajadores. 

-Por un lado, desde la óptica conservadora; surgen los movimientos de caridad cristiana cristalizados en el movimiento Salvation Army, fundado por el líder, predicador y misionero espiritual cristiano William Booth. 

Booth, oriundo de Nottingham, se muda a Londres en 1849 y, después de su conversión como predicador, inicia en julio de 1865 (en una casa en el número 23 de New Road, junto a Commercial Road) un movimiento evangélico, ubicado en el más pobre y miserable barrio londinense de Whitechapel, dirigido a los que estaban atrapados en los sectores más golpeados por la pobreza, el alcoholismo, el crimen, la desocupación, el hacinamiento y toda la inmensa variedad de males sociales del Este de la ciudad, materializando el inicio de actividades del colectivo en un sermón público de Booth ese mismo año justo en frente del actual pub The Blind Beggar, junto a la estación de metro.

Muy pronto la asociación cambió su nombre por el de East London Christian Mission hasta que, como indica la propia institución, en un momento dado, el hijo del fundador, Bramwell Booth, indica que a diferencia de los estatutos de la asociación que la definen como “un ejército de voluntarios”, él no era un voluntario, sino un comprometido militante de la obra de Dios, por lo que Booth redenomina, en 1878, la obra social con el nombre de The Salvation Army, para darle más firmeza y compromiso, y se empieza a conocer a sí mismo como el “General Booth”. 

Todos estos sucesos se conmemoran con una gran estatua del general William Booth no muy lejos de allí, junto a la Mile End Road ( donde una placa ubica el punto de partida de su agrupación junto a unas elevaciones que simulaban los alzados que usaban para subirse y predicar sus sermones), justo a las puertas de otro gran edificio dedicado a los mismos fines, la Tower Hamlets Mission o también llamada inicialmente Great Assembly Hall (cerca del lugar donde ya existía un antiguo asilo de jubilados llamado Trinity Green Almshouses, pertenecientes al gremio de comandantes de barcos construida en 1695 como así lo atestiguan las placas de piedra y los barcos esculpidos en la fachada), cuya labor de caridad cristiana, no vinculada con Booth ni su organización, también se remonta a estos años, concretamente a 1870 cuando es creada por Frederick Charrington, en la zona de una antigua cervecería. 

En la actual facha de este lugar de residencia y caridad se puede encontrar un enorme mural pintado por el artista Mychael Barratt en 2011 y que hace un recorrido por personajes y lugares históricos del East End, la mayoría vinculados al movimiento obrero o caritativo. 

Como vemos, este barrio obrero y pobre, se convirtió en un bastión y centro neurálgico de las organizaciones misioneras cristianas que, de esa forma, aplicaban el concepto cristiano de la caridad como dogma. Pero no solo los sectores cristianos conservadores tuvieron su incidencia en el East End y en Londres a finales del siglo XIX. 

-Por otro lado, desde la izquierda; muy pronto al calor de la revolución industrial y de la división social de clases, empieza a organizarse un potente movimiento obrero en Londres. Ya desde el siglo XVI-XVII, zonas periféricas de Londres fueron refugio de radicales políticos y librepensadores, como la zona de Spitalfields (refugio de puritanos franceses radicales) o Hackney (de librepensadores políticos y religiosos, como bien se recoge en la sección dedicada a ellos del Hackney Museum). 

Ya desde las primeras décadas del siglo XIX, diversas corrientes obreras se crean en el país, tales como el cartismo, el socialismo utópico del filántropo Robert Owen que en febrero de 1834 crea precisamente en Londres la Grand National Consolidated Trades Union, origen primitivo del posterior tradeunionismo o sindicalismo. En Francia también habían venido apareciendo desde inicios de siglo diferentes movimientos obreros, utópicos y destacados ideólogos como Proudhon se habían convertido en figuras relevantes. 

Pero será desde el este europeo, sin embargo, donde surgen dos corrientes y dos figuras que impactaran en el movimiento obrero inglés. En el Imperio Ruso, Mijaíl Bakunin da forma a una nueva ideología que dará a conocer como anarquismo. 

De Alemania vendrán exiliados a Reino Unido Karl Marx y Federico Engels que, en 1848 publican “El Manifiesto del Partido Comunista” y que será origen de este movimiento obrero. Como un elemento para coordinar a toda esta amalgama de corrientes obreras que empiezan ya a expandirse por toda Europa, y especialmente en la cosmopolita Londres, se crea en la ciudad una nueva coordinadora. 

El 28 de septiembre de 1864 se convoca en el teatro St. Martin’s Hall, en la zona conocida como Long Acre, una reunión que dará lugar a la Primera Asociación Internacional de Trabajadores o La Internacional-AIT. 

El lugar se había construido en 1847/1850 como un “music hall” y fue cedido aquellos días para organizar los inicios del movimiento obrero mundial, que pusieron las bases del movimiento obrero mundial occidental tal y como lo conocemos a día de hoy. 

Sin duda alguna, el hecho de ser Londres uno de los lugares más industrializados y con mayor presencia de obreros y organizaciones obreras de toda Europa, y su carácter relativamente abierto y liberal influyeron en ello. 

A raíz de esto, se produce el surgimiento del movimiento obrero que, no obstante, se divide entre marxistas y anarquistas debido a las divisiones internas, incluso a nivel personal entre Marx y Bakunin, que irán creciendo con el paso de los años. 

Por una parte, los marxistas o socialistas tuvieron su propia evolución local en Londres. 

En 1847, los revolucionarios alemanes Karl Marx y Friedrich Engels llegaban exiliados de Europa por las fuertes persecuciones de los gobiernos y su implicación revolucionaria, y se establecían en Londres. 

Fue en el céntrico y multicultural barrio del Soho (donde estuvo la primera residencia de Karl Marx y su familia al llegar a la ciudad) donde Marx inició sus trabajo y sus primeros contactos políticos con revolucionarios y socialistas locales y exiliados europeos, como la Liga de los Justos o Proscritos (redenominada Liga de los Comunistas, para quien Marx y Engels redactaron el famoso Manifiesto del Partido Comunista en 1848). 

Marx, ya en situación de pobreza y mantenido económicamente por su socio, dedica toda su atención en su gran obra maestra, escrita en Londres, “El Capital”. 

Para ello, desde su cercana casa en el Soho se traslada a pie diariamente hacia su gran fuente de inspiración, donde escribirá su obra maestra y gran parte de sus escritos, la British Museum Reading Room del British Museum. 

En esta sala dependiente del museo, Karl Marx (y después de él Lenin con el pseudónimo de Jacob Richter en el siglo XX) pudo tener acceso a una amplísima bibliografía sobre economía y sociedad inglesa, que le permitió ahondar en sus estudios del sistema económico capitalista y comprender (para así criticar) las bases del sistema económico liberal-burgués. 

Su vida transcurrió entre los libros, las bibliotecas y las largas horas de debate con su amigo fiel, Engels, en las casas de ambos o en los numerosos pubs que gustaban frecuentar. Además, también participó cooperando con los grupos radicales y revolucionarios locales, muchas veces a través de charlas o conferencias, como las que se daban en la London Patriotic Society de Clerkenwell Green que, ya como “The Twentieth Century Press” se orientó a una labor de difusión de propaganda marxista, que continúa hoy como Marx Memorial Library and Workers School como centro de estudio, análisis y difusión de propaganda marxista. 

Tras su muerte en su casa de Kentish Town de Londres en 1883, Karl Marx fue enterrado en el Cementerio de Highgate, cerca de la estación de Archway, en cuya tumba, su fiel amigo Engels realizó su famosa oración fúnebre, y donde aún se conserva la tumba de Marx con su característico busto labrado, que se ha convertido en un destacado centro de peregrinación de todos los socialistas del mundo, especialmente cada 1 de mayo, día del trabajador. 

Tras la muerte de su amigo, el co-fundador del comunismo Federico Engels siguió con su obra de divulgación de la ya naciente ideología comunista, a través de su cuartel general ubicado en una lujosa casa de la acomodada calle de Regents Park, junto a la Primrose Hill. 

Allí, Engels se dedica a completar la obra de El Capital inacabada por su amigo así como a escribir en ese periodo de tiempo en solitario sus más importantes obras, como la “Dialéctica de la Naturaleza”, o “El origen de la familia, la propiedad privada y el estado”. 

Pronto, su casa se convierte, como lo fue la casa de Marx en vida, en otro gran centro de peregrinación de los socialistas londinenses y de toda Europa que, de paso por Londres, no dudaban en acercarse a la casa de Engels a charlar con su maestro y fundador, hasta su muerte acaecida en esta casa en 1895. 

Por otra parte, y al igual que los socialistas-comunistas, los anarquistas crean sus propios congresos y organizaciones al margen de los socialistas y marxistas y empiezan a tejer su red de influencias por el Londres, que llegará a tener mucho más peso histórico que en el caso marxista, cuyas tendencias más autoritarias no llegaron a tener tanta acogida. 

Una figura clave dentro del anarquismo en Londres sin duda alguna fue el ideólogo anarquista ruso Pedro Kropotkyn que, huyendo de la persecución zarista, llega a Inglaterra en 1876. 

Según la experta Sarah J. Young, a Londres llega por primera vez en julio de 1881 cuando asiste a una reunión de un Congreso de la Internacional Anarquista, viviendo en una casa de la Crescent Road de Bromley, un suburbio al sur de Londres. 

Desde entonces, Kropotkin se une al movimiento obrero londinense y ayuda en mítines y organizaciones locales, como los que tomó parte en la Patriotic Club, en la Great Assembly Hall (junto a Eleanor Marx, hija del líder comunista, o el activista socialista y artista William Morris, en un ejemplo de unidad obrera), o en la Stratford Dialectical and Radical. 

Pero sin duda alguna, la huella más profunda y la única aun visible y en funcionamiento del movimiento anarquista y de Kropotkyn a finales del XIX tiene lugar cuando en 1886, Pedro Kropotkyn y la anarquista británica Charlotte Wilson crean el periódico anarquista “Freedom”, ubicada desde entonces y aun hoy en día (en forma de editorial y librería anarquista) en el barrio obrero de Whitechapel del East End. 

Según Young, Kropotkin, como muchos otros exiliados políticos rusos, volverán de nuevo a su patria en 1917 después de la oleada revolucionaria que, entre febrero y octubre de ese año, sacudió al país y desembocó en la revolución rusa que llevó a los bolcheviques al poder. 

También se crearon espacios conjuntos donde socialistas y anarquistas pudieran militar conjuntamente y formarse política y culturalmente. Tal fue el caso del International Working Men's Educational Club, situado en la calle Fairclough, adquirido en 1885 por grupos radicales judíos obreros, como lugar de conferencias y formación sobre política, economía, y literatura, así como conciertos y bailes, donde marxistas y anarquistas acudían unidos según el espíritu original de la Internacional. 

Pronto se convirtió en un lugar referencial del movimiento obrero londinense, y desde allí partían la mayoría de las manifestaciones obreras de la época. 

Los últimos grandes centros de reunión del anarquismo internacional tuvieron lugar entre 1899-1918, en las conocidas como “Dunstan Houses” de Stepney Green, que se convirtió en el cuartel general de los anarquistas del exilio, y donde vivieron, residieron y se reunieron periódicamente para debatir o publicar sus textos, periódicos o libros, los más importantes líderes anarquistas del exilio, como Rudolf Rocker. 

Rocker, un escritor y activista de ideología anarquista alemán, estuvo viviendo en Londres e Inglaterra entre 1896-1918 debido a la persecución de la policía imperial alemana debido a su batalla por los derechos sindicalistas, y allí se juntaría con grupos anarquistas judíos del East End, la zona más empobrecida de la ciudad y allí empezaría una nueva vida en el exilio, donde incluso llegaría a nacer, en 1907 y fruto de una relación con una inmigrante judía, su hijo Fermin Rocker, cronista de la vida política de su padre. 

Rudolf Rocker, que había aprendido directamente de nada menos que el ideólogo Pedro Kropotkin (que, como vimos, vivió en esas fechas y coincidió en Londres con Rocker)como reconoce en su memorias su hijo, se convirtió rápidamente en un líder declarado de los obreros judíos del East End, utilizando su domicilio en las Dunstan Houses como una autentica base y cuartel general anarquista, donde se editaban periódicos, escribían folletos y hacían reuniones políticas en las que participaba lo más granado del anarquismo europeo de la época, como Rudolf Rocker, Pedro Kropotkin o Errico Malatesta (quien vivió de forma estable en Londres entre 1900-1913) por lo que el espectáculo político de una reunión de similares características en pleno centro de Londres, irrepetible en la historia, debía ser una ocasión que quedaría grabada a fuego en la mente y los corazones de los activistas de todo el mundo. 

3) Las últimas oleadas del movimiento obrero 

A caballo entre los siglos XIX-XX el movimiento obrero londinense y europeo se encontraba en cierto declive y retroceso, en parte por la muerte de sus fundadores, Marx y Engels, y por la represión de la Comuna de París y de La Internacional. 

A pesar de ello, los socialistas y socialdemócratas europeos, habían recogido la antorcha de los fundadores del comunismo y, poco a poco, habían empezado a crear sus propios partidos marxistas en toda Europa e incluso en Asia. 

Uno de estos partidos nuevos se funda en 1898, cuando un entonces joven activista ruso llamado Vladimir Ilich Ulianov (posteriormente conocido como Lenin), crea en Minsk el Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia, germen del futuro Partido Bolchevique que en 1917 tomaría el poder en Rusia. 

Lenin, gran admirador de sus predecesores ideológicos Marx y Engels, fue víctima de la represión zarista que le obligo a exiliarse en numerosas ocasiones, como muchos otros activistas rusos y europeos de la época, lo que provocó que viviera en el exilio, fuera de su país, durante gran parte de su vida. 

Debido a ello, Lenin fue divagando por numerosos lugares fruto de la represión zarista rusa (especialmente de la temida policía política zarista, la Ojrana), llegando junto a su mujer Nadezhda Krupskaya a Londres en abril de 1902, donde estuvo hasta 1911. 

En esa época, Londres era todavía un hervidero de activistas políticos de todo el mundo, que perseguidos por las policías de sus países, y aparándose en el ambiente liberal del país anglosajón, recalaron en la capital británica. 

En esa época, entre 1900-1917, Londres fue testigo de la presencia de personalidades de talla mundial para la historia como Lenin, Stalin, Korpotkin, Rocker o Malatesta que, en esas casi dos primeras décadas del siglo XX, cogieron fuerzas y se reagruparon en la ciudad para plantar las futuras batallas políticas que les llevarían a la fama internacional y al reconocimiento del movimiento obrero. 

Una vez en Londres, Lenin, al igual que Karl Marx antes que él, aprovecha sus estancias en su residencia en Islington, para acercarse al British Museum y su famosa Sala de Lectura, como fuente de inspiración para su etapa de estudio y análisis del sistema capitalista y especialmente del imperialismo, que será el plato fuerte y el objetivo específico del análisis y de las críticas al sistema capitalista mundial por su parte. 

Como curiosidad de la huella dejada por el líder comunista ruso, con los años el bloque de viviendas donde se alojó, que fueron re-construidas en los años 50, se proyectó que fueran llamadas en su honor “Lenin Court” y aún se conserva un busto suyo en el Islington Museum. 

Muy pronto, y en contacto con los grupos socialistas rusos del exilio y con los círculos marxistas locales, Lenin se puso a trabajar en sus muchos proyectos; por las mañanas se trasladaba al cercano British Museum Reading Room, a trabajar, como sus antecesores, en los textos que le brindaba el lugar, y por las tardes, y ya en contacto con el grupo marxista británico Twentieth Century Press de Clerkenwell Green (actualmente la Marx Memorial Library), le fue cedido en el local una sala entre 1902-1903, donde gestionaba la publicación del periódico oficial del POSDR en el exilio, “Iskra”, y donde aún hoy en día se conserva su despacho de Lenin. 

Durante sus ratos libres, como informa Sarah Young, cuando no asistía a mítines, reuniones del partido o supervisiones del periódico, Lenin gustaba de pasear por rincones emblemáticos de la ciudad, o asistir a mítines radicales en Whitechapel o Mile End donde, quien sabe, puede que se encontrara en alguna ocasión con alguno de los pesos pesados del anarquismo mundial. 

Sin embargo, junto con la documentación bibliográfica y la edición de periódicos, la labor más importante de Lenin y los comunistas rusos en aquellos años fue reorganizar y engrasar bien la máquina del partido socialdemócrata ruso en el exilio y prepararla para el asalto al poder, organizando para ello numerosos encuentros de los comunistas rusos en el exilio, que llevaron a que junto a él, pasaran por Londres destacados dirigentes comunistas del Imperio Zarista del momento como Stalin (la leyenda popular dice que ambos se conocieron en la Crown Tabern de Clerkenwell), Trotsky, Plejánov, Martov, Lunacharsky, Zinoviev, Máximo Gorky o Rosa Luxemburgo, en congresos en la capital inglesa (en Whitechapel o Islington) en los que llegaron a acudir hasta centenares de miembros y delegados venidos de todo el imperio, lo que nos da una idea de la relevancia que Londres y Lenin tenían ya en aquellos momentos para los principales dirigentes comunistas de Europa. 

Poco después, los exiliados, como el propio Lenin, irían retornando a Rusia u otros países cercanos para ir preparando la incipiente revolución comunista que tendría lugar en 1917. 

Como último eco de aquel movimiento obrero iniciado durante las primeras décadas del siglo XIX en Londres fue la presencia en las calles londinenses del futuro líder comunista y fundador del moderno Vietnam, Ho Chi Minh. 

Y es que, el destacado revolucionario asiático estuvo en Londres a inicios del siglo, y trabajó en 1913 en las cocinas del Carlton Hotel, situado junto a Trafalgar Square, y en las del Drayton Court Hotel, en el oeste de la ciudad, ambas zonas lujosas y frecuentadas por la alta burguesía. 

Parece ser que el líder vietnamita, nacido en 1890, empezó a ganarse la vida en 1911 como cocinero en lo que hoy llamaríamos un “crucero” francés (potencia colonial que dominaba entonces la actual Vietnam), lo que le llevaba a trasladarse en grandes viajes a la Europa occidental, y donde recaló en la capital británica en 1913, y donde estuvo trabajando como cocinero y, posiblemente, friegaplatos durante unos años, sin ejercer ningún tipo de actividad política, ya que su conciencia militante se iniciaría unos años después cuando, a partir de 1917-1919 se mudaría a estudiar a Francia y entraría ya en contacto con círculos socialistas y marxistas revolucionarios, afiliándose a la SFIO y posteriormente al Partido Comunista Francés. 

Poco después, ya en los años 20 e inicios de los 30 del siglo XX, Reino Unido como todos los países capitalistas occidentales, se ve fuertemente sacudido por la Gran Depresión heredada del Crack de 1929 y se producen elevadas tasas de paro elevadísimas y una gran miseria social. 

Como consecuencia de ello, las posturas políticas se radicalizan y aparecen, como en todo el continente europeo, los partidos y movimientos extremos, sobre todo en las zonas más pobres de la ciudad, tanto en la izquierda como en la derecha. 

Durante esta década en el East End (que ya no contaba entre sus vecinos a sus históricos moradores de décadas precedentes del movimiento obrero mundial) surgieron partidos políticos de la extrema derecha e izquierda, como el Partido Comunista de Gran Bretaña (CPGB), formado en torno a 1920/21 y especialmente fuerte en Whitechapel y Bethnal Green, o la Unión Británica de Fascistas (BUF), fundada en octubre de 1932 por Oswald Mosley y que recibió un amplio apoyo entre las clases medias y altas. 

El BUF se caracterizó por constante provocaciones no solamente a la izquierda comunista, si no especialmente a grupos judíos londinenses (el gran objetivo de la extrema derecha británica en aquellos años 30) y a minorías étnicas de Londres entre 1933-1936, y cristalizó en un intento de “tomar” por la fuerza el bastión judío inmigrante del este de Europa de la ciudad, el East End, que se saldó con una batalla campal entre los partidarios de Mosley y una coalición local formada por judíos, comunistas, inmigrantes y anti-fascistas en general, la famosa “Batalla de Cable Street” ocurrida en torno a esta calle el 4 de octubre de 1936, ya iniciada la guerra civil española, y que se saldó con 83 detenidos y 100 heridos, pero que frenó el paso de Mosley en el barrio. 

Con el establecimiento de la revolución rusa a partir de 1917, el fin de la segunda guerra mundial y la derrota de los fascismos en 1945 y el establecimiento del estado del bienestar en casi toda la Europa occidental a partir de los años 40-50, el auge poderoso que el movimiento obrero experimentó en Londres, Reino Unido y en general en toda Europa a finales del siglo XIX e inicios del siglo XX tocó a su fin y las calles de las grandes metrópolis occidentales se fueron vaciando de movilizaciones y protestas. Toda una época de la historia occidental había ido tocando, poco a poco, a su fin. 

Bibliografía; 

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-“The Battle of Cable Street 1936”. The Cable Street Group”. Londres, 2011.

sábado, 9 de diciembre de 2017

La transición española en la televisión


Os dejamos una recopilación de varias series de televisión españolas, algunas más antiguas y míticas, que han tratado sobre el tema de la transición española a fondo y con rigurosidad;

La serie documental "La Transición" elaborado por la famosa periodista Victoria Prego y los tv films "Adolfo Suárez, el presidente" sobre la vida y obra del Presidente del Gobierno Adolfo Suárez, "Tarancón, el quinto mandamiento" que recrea la vida del Cardenal y Presidente de la Conferencia Episcopal Vicente Enrique y Tarancón y su labor en el periodo de la transición española,  y la reciente "De la ley a la ley" sobre Torcuato Fernández-Miranda, el otro gran artífice del proyecto político.

Historia del Teatro Real de Madrid

miércoles, 6 de diciembre de 2017

Las bases de la transición española



De la ley a la ley a través de la ley”. Torcuato Fernández-Miranda.

La transición española, fue un amplio movimiento político-económico que arranca con la muerte del dictador Francisco Franco el 20 de noviembre de 1975, y que la mayor parte de los políticos, historiadores y analistas consideran finalizado con la victoria electoral del PSOE en las elecciones generales de 1982, si bien no faltan tampoco aquellos que defienden que el proceso de la transición se limitaría con la celebración de las primeras elecciones libres y democráticas en 40 años en 1977 y la promulgación de la que es hasta el momento la actual Constitución de 1978.

La transición española arranca formalmente el 20 de noviembre de 1975 con la muerte en Madrid del dictador Francisco Franco. Tras ello, el Consejo de Regencia asumió la Jefatura del Estado en nombre de Juan Carlos I, que jura como Rey de España ante las Cortes Españolas el día el 22 de noviembre de 1975 y es exaltado al trono español el 27 de noviembre de 1975 con el acto de coronación en  San Jerónimo el Real de Madrid.

Tras ello, arranca todo un periodo histórico que desembocaría en el desmantelamiento del estado franquista, la celebración de elecciones y la promulgación de la Constitución.

Para ello, se puede desgranar el proceso de transición en los diferentes frentes en los que se asentó el sistema de la transición, a nivel económico, político e institucional.


1) Las bases económicas de la transición

Es un hecho constatado a día de hoy, que el proceso de la transición española fue posible, en gran medida, gracias a los esfuerzos y a la apuesta por el nuevo marco democrático que realizó todo el bloque empresarial y económico que dirigía el país, y que deseaba canalizar el cambio de régimen de una forma lo más pacifica posible, y hacia un sistema moderado y de orden.

Todo este bloque empresarial, financiero, y mediático creado en la época franquista  (representado en empresas de peso tales como Prisa, Sol Meliá, El Corte Inglés, o Planeta y en grupos banqueros y financieros como el Banco Santander) sirvió para pilotar el rumbo de España, y fue clave para lograr el éxito económico y el consenso mediático en la transición en torno al Presidente Adolfo Suárez y el Rey Juan Carlos I.

Fueron además estas élites financieras y empresariales las que propiciaron e hicieron posible la estabilidad económica del país durante los años de la transición, fruto del compromiso de éstas por el mantenimiento del orden que había propiciado durante el franquismo el surgimiento y el auge de sus negocios, y que estaban interesados en mantener una vez muerto Francisco Franco en 1975.

Para ello, estas élites (fundamentalmente las banqueras), realizaron desde los inicios de la transición una serie de acuerdos con el Rey Juan Carlos I para garantizar el blindaje económico de la monarquía.

En primer lugar, ellas mismas no dudan en aprovechar el nuevo marco de libertades democráticas a la que se acogieron los partidos políticos y los sindicatos obreros para organizarse y crear, junto a las grandes centrales sindicales (CC.OO., surgido durante la dictadura, y la U.G.T., el sindicato más antiguo de España surgido en el siglo XIX conjuntamente con el PSOE), el otro gran pilar de ese consenso social que nutre la estabilidad empresarial y laboral del país, lo que se conoce como “la patronal”.




Por ello, esta élites se verían representadas en el nuevo marco institucional con la creación de la actual Confederación Española de Organizaciones Empresariales (CEOE), fundada el 29 de junio de 1977 para representar a los empresarios españoles, a partir de numerosos patronos y empresarios que procedían del antiguo Sindicato Vertical, entonces ya en extinción por el progresivo auge de los sindicatos obreros en todo el país.

Entre los firmantes del Acta de Constitución de la CEOE, según figura en el propio archivo histórico de la patronal, estaban Rafael Termes Carreró (Asociación Española de Banca Privada), Carlos Ferrer Salat (Fomento del Trabajo Nacional y primer Presidente de la CEOE), José María Cuevas (Asociación Nacional de Fabricantes de Papel, Cartón, y Celulosa Papelera, sucesor y segundo Presidente), Agustín Rodríguez Sahagún (Federación Empresarial Madrileña, político de la UCD, y Ministro de Industria y Defensa), Manuel Madrid del Cacho (Federación Nacional de Empresarios de la Madera y Corcho), Marcial Gómez Gil (Confederación Nacional de Empresas Sanitarias), Antonio Horcajo Matesanz (Asociación Nacional de Empresas Distribuidoras de G.L.P.), Pedro Antonio Martín Menoyo (Asociación Nacional de Empresarios Al Por Mayor de Papel, Cartón y Similares), Luis Alberto Salazar-Simpson (Asociación Nacional de Estaciones de Servicio), Manuel Conde Bandrés (Asociación de Fabricantes de Harina de España), Manuel Rodríguez Villasante (Asociación Harinera de Mercado Exterior), Ángel Martínez Fuertes (Confederación Española de Centros de Enseñanza), Félix Mansilla García (Unión Española de Entidades Aseguradoras y de Capitalización), así como representantes empresariales de diferentes provincias españolas.

Hasta el momento, los Presidentes de la CEOE han sido Carlos Ferrer Salat (1977-1984), José María Cuevas (1984-2007), Gerardo Díaz Ferrán (2007-2010) y Juan Rosell (2011).

La creación de la CEOE sería clave para la articulación de un fuerte bloque económico-financiero-empresarial que presionaría a los partidos políticos y sindicatos mayoritarios para dar lugar, en octubre de 1977, a los Pactos de la Moncloa, que serían la base económica fundamental en torno a la cual se orquestaría la economía capitalista de mercado vigente desde entonces en España.

Una vez asentados los dos bloques económicos del diálogo social, patronal y sindicatos, hacía falta ponerlos de acuerdo. 




Para ello, en octubre de ese mismo año de 1977, se asentaban las bases económicas fundamentales para el sistema político actual, los llamados Pactos de la Moncloa, el ejemplo perfecto de la llamada “política del consenso”, firmados el 25 de octubre de 1977 en el Palacio de la Moncloa entre el Gobierno de España, presidido ya entonces por el Presidente del Gobierno Adolfo Suárez y los principales dirigentes de los grandes partidos políticos con representación parlamentaria en el Congreso de los Diputados (recordemos que 4 meses antes, en junio, se habían celebrado las primeras elecciones democráticas), que fueron Enrique Tierno Galván (PSP), Santiago Carrillo (PCE), José María Triginer (FSC), Joan Reventós (PSC), Felipe González (PSOE), Juan Ajuriaguerra (PNV), Adolfo Suárez (UCD), Manuel Fraga (AP), Leopoldo Calvo-Sotelo (UCD) y Miquel Roca (minoría catalana). 

La situación política y económica de lanzamiento de estos acuerdos era realmente complicada. A nivel económico, el mundo occidental vivía en una crisis económica debido a la crisis del petróleo de 1973. 

La situación económica del país era alarmante, tal y como afirman José A. Hernández, Flora Ayuso y Marina Requero, que la describen con las siguientes palabras; 

“En el verano de 1977, los indicadores eran demoledores: una inflación próxima al 40%, aumento del paro, y déficit exterior galopante”. 

Para ello, era necesario buscar una alianza de consenso para tomar serias medidas económicas de estabilidad del país, en las que se vieran sumados los partidos, los sindicatos y la patronal. 

Los pactos se dividían en dos bloques: el político (Programa de Actuación Jurídica y Política) y el económico (Programa de Saneamiento y Reforma de la Economía). 

Fue con los partidos con quien el Presidente del Gobierno Adolfo Suárez había mantenido encuentros previos, con el fin de sondear la posibilidad de un acuerdo de estabilidad, para alcanzar acuerdos con los nuevos sindicatos legalizados, UGT -CC.OO., con el objeto de evitar el alto nivel de conflictividad social por la creciente presencia del activismo social postfranquista, y poner los mecanismos que, en teoría, debían sacar al país de la crisis. 

Con los Pactos nacían; los comités de empresa, la reforma fiscal, la estabilización del sistema público de seguridad social, modificación de las restricciones de la libertad de prensa, los derechos de reunión, de asociación política y la libertad de expresión. 

A pesar de lo controvertido y criticado del sistema, estos Pactos supusieron las bases de la política de consenso y fueron los grandes pilares de acción en los que se sustentó la transición.


2) La violencia política en los años 70

Hasta el asentamiento definitivo de la monarquía a partir de 1978, se viven unos años basados en el miedo que imponen los  sectores más radicalizados de la derecha y de la izquierda que quieren, a través de la violencia armada, impedir o sabotear todo el aparato de la transición.

Un periodo de” transición política”, que en realidad fueron los duros “años de plomo”, que han sido fielmente descritos en toda su crudeza por Alfredo Grimaldos y Mariano Sánchez Soler.

Según los autores Grimaldos y Soler en sus trabajos, la transición arrojó una cifra de más de al menos 2.663 víctimas por violencia política entre muertos (de los cuales se calcula que solamente ellos suman alrededor de 591 víctimas entre la extrema derecha, la extrema izquierda y las Fuerzas de Seguridad del Estado) y heridos en toda España.

En este proceso, el miedo y el terror político, fueron la tónica constante de atemorización de unos y otros y fueron las bases del moderno concepto de terrorismo político en España.

Este ambiente violento de la  transición la describe muy bien en su artículo “Ferocidades de la transición” el periodista Carles Geli el 6 de agosto de 206 en “El País”. Según Geli, tomando las hipótesis del historiador Xavier Casals en su libro “La Transición española: el voto ignorado de las armas”, en aquella época;

“Había de todo: aparatos parapoliciales, paramilitares, el Ejército, la ultraderecha, la extrema izquierda anarquista y comunista, el independentismo vasco, catalán y canario... 

Silenciada la mayoría de las veces o usada como espantapájaros, la violencia política se cobró unos 700 muertos entre 1975 y 1982, en unas 3.200 acciones conflictivas. ¿No influyó todo ello en los resultados políticos?

La violencia generó una gran paradoja: buscaba radicalizar la situación, pero acabo alejando a los extremismos de uno y otro bando, los dejó fuera del proceso, por lo que se apostó por los partidos que daban estabilidad”.

Los casos de palizas, secuestros e intimidaciones se cuentan en esta época por decenas en todo el estado, y sería imposible en tan breve espacio hacer una recopilación de todos ellos, pero baste mencionar los tres tipos de violencias;




-Por un lado, la violencia de la extrema derecha a través de atentados terroristas de masas, como; el atentado contra el diario El País (ocurrido el 30 de octubre de 1978) el de la revista Doblón  (cuyo director, José Antonio Martínez Soler fue secuestrado y torturado por la extrema derecha el 2 de marzo de 1976), el sufrido por la revista de humor satírico El Papus (el 20 de septiembre de 1977 por parte del grupo terrorista  Triple A), los llamados Sucesos de Montejurra (que tuvieron lugar el 9 de mayo de 1976, siendo aún Presidente del Gobierno Carlos Arias Navarro y Ministro de Gobernación Manuel Fraga, durante la romería anual que desde los años 40 venían haciendo los militantes y partidarios carlistas en el monte navarro de Montejurra, cuando en el transcurso de la romería, el sector ultraderechista de la Comunión Tradicionalista, realiza un atentado contra sus rivales de izquierda en el movimiento carlista, los miembros del Partido Carlista, que se saldó con la muerte de Ricardo García Pellejero y Aniano Jiménez Santos, y dejando varios heridos), o los famosos asesinatos de los Abogados laboralistas de Atocha (un atentado masivo producido la noche del 24 de enero de 1977 cuando un grupo ultraderechista entró en un despacho laboralista vinculado al PCE-CCOO en la Calle Atocha 55 de Madrid, matando a Enrique Valdevira, Luis Javier Benavides, Francisco Javier Sauquillo, Serafín Holgado, y Ángel Rodríguez Leal, e hiriendo de gravedad a Miguel Sarabia Gil, Alejandro Ruiz-Huerta Carbonell, Luis Ramos Pardo y Dolores González Ruiz).




Junto a ellos, se produjeron decenas de atentados y asesinatos políticos individuales a personas concretas por todo el país, como los de Arturo Ruiz García, Antonio Cubillo, o Yolanda González, como los más conocidos y destacados.

-Por otro lado, la violencia institucional del estado, que se saldó con excesos como; los llamados y conocidos Sucesos de Vitoria (sucedidos en enero de 1976 durante una huelga en Vitoria para mejorar sus condiciones laborales, duramente afectadas en el contexto de la crisis económica, que deriva en una huelga general el día 3 de marzo de 1976  en la que la Policía Armada se dirigen a la Iglesia San Francisco de Vitoria, donde los huelguistas estaban realizando una asamblea clandestina para decidir acerca del futuro de la huelga, ordenando el desalojo, que se efectúa con balas reales que se saldaron con  la muerte de los trabajadores Pedro María Martínez Ocio, Francisco Aznar Clemente, Romualdo Barroso Chaparro, José Castillo, y Bienvenido Pereda), o los asesinatos por disparos de la Guardia Civil y de la Policía de activistas políticos y sindicales (como los casos de Francisco Javier Verdejo, Mari Luz Nájera, José García Caparrós, Germán Rodríguez, Gladys del Estal, o los estudiantes José Montañés y Emilio Martínez).




-Por último, destacó la violencia de los grupos armados de izquierda o extrema izquierda, como, E.T.A. (creada en  1959 desde las filas del nacionalismo vasco juvenil, concretamente de los grupos juveniles EKIN y EGI, que poco después pasa a la lucha terrorista contra la dictadura franquista y posteriormente contra el estado español a partir de 1975 , dejando un saldo más de 800 víctimas entre 1959-2011, con aproximadamente unas 304 víctimas únicamente en el periodo de transición entre 1975-1982), o G.R.A.P.O. (Grupos de Resistencia Antifascista Primero de Octubre, considerado el brazo político del partido comunista PCE-r/ Partido Comunista de España-reconstituido, un grupúsculo político de ideología marxista-leninista fundado en 1975 y heredero de la O.M.L.E./ Organización Marxista-Leninista de España, escindido del P.C.E. de Santiago Carrillo, autor de 80 asesinatos políticos entre 1975-2006, con unos 57 asesinatos únicamente en el periodo de la transición entre 1975-1982, además de numerosos e impactantes secuestros, tales como los de Antonio María de Oriol y Urquijo, Presidente del Consejo de Estado, y Emilio Villaescusa Quilis, Presidente del Consejo Supremo de Justicia Militar, ambos liberados por la policía). 

Se calcula que, entre 1975-1983, entre estos dos grupos armados de izquierdas, ETA y GRAPO, se produjeron unos 361 asesinatos de civiles y militares que, sin duda alguna, caldeó en gran medida las acciones armadas de las Fuerzas de Seguridad del Estado y de los grupos paramilitares que actuaban en España en aquella época.

A ellos habría que sumar los atentados terroristas y acciones armadas menores de otros grupúsculos nacionalistas de izquierdas que operaron en las nacionalidades periféricas en los años 60, 70 y 80, tales como el Front d'Alliberament Catalá (FAC, fundado en 1969), el Exércit Popular Catalá (EPOCA, fundado en 1970, y que confluirían en el grupo armado independentista catalán de izquierdas Terra Lliure, que surge en 1978), Resistencia Catalana d'Alliberament Nacional (RCAN, fundada en 1979 en el entorno del independentismo catalán de izquierdas), Loita Armada Revolucionaria (grupo independentista de izquierdas gallego fundado en 1978, del que surgiría el Exército Guerrilheiro do Povo Galego Ceive en 1986), los Grupos Armados 28 de Febrero (GAVF, grupo armado independentista andaluz de izquierdas que surge y mantiene su actividad en 1980), o las llamadas Fuerzas Armadas Guanches (FAG, organización armada vinculadas a la izquierda independentista canaria como resultado de la acción política en este terreno del MPAIAC, y que actúan entre 1976 y 1978).


3) Las bases institucionales para la transición española

En este periodo de consolidación de la nueva dinastía borbónica iniciada en 1975 con la proclamación del Rey Juan Carlos I de Borbón tras la muerte de Franco, las élites políticas que al principio eran reacias, fijan ahora su perspectiva en el personaje político central de este nuevo proceso de consolidación política, el rey Juan Carlos de Borbón. 

Nacido en el exilio italiano, Juan Carlos I fue educado en España desde 1948 por el régimen franquista, gracias a un acuerdo entre Francisco Franco y el Jefe de la Casa Real Española Don Juan de Borbón, con el propósito de consolidar el estado una vez muerto el dictador, para lo cual es designado sucesor de Francisco Franco a título de Rey en la Jefatura del Estado, según lo previsto en la Ley de Sucesión en la Jefatura del Estado y presentado como tal a las Cortes Españolas el 22 de julio de 1969, ejerciendo hasta 1975 como Príncipe de España.




Es en estos años de la transición política cuando se produce la consolidación del sistema político, inicialmente con Carlos Arias Navarro (Presidente del Gobierno de 1973 a 1976) y especialmente con Adolfo Suárez (Presidente del Gobierno desde 1976 a 1981), que son los encargados de la elaboración de numerosas medidas y leyes para cambiar la estructura política del estado español.

Ello empezó a generar, ya desde los inicios del gobierno suarista fuertes contradicciones entre los partidarios del reformismo (partidarios de una serie de reformas que condujeran a un cambio progresivo, pacífico y controlado hacia la democracia, liderados por Adolfo Suárez, Manuel Fraga, Torcuato Fernández-Miranda, Manuel Gutiérrez Mellado, José María de Areilza, Miguel Primo de Rivera, Leopoldo Calvo Sotelo, Landelino Lavilla, o Fernando Álvarez de Miranda) y los del llamado bunker (sectores a la derecha reacios a cualquier tipo de cambio y partidarios de la continuación de un franquismo militar y político, con partidarios muy conocidos como José Antonio Girón de Velasco, Carlos Iniesta Cano, Jaime Milans del Bosch, Fernando de Santiago, José Guerra Campos,  José Luis Arrese, Raimundo Fernández-Cuesta, Juan García Carrés, Alejandro Rodríguez de Valcárcel, y especialmente el líder del partido ultraderechista Fuerza Nueva,  Blas Piñar) que se inician ya en 1974 durante el gobierno de Carlos Arias Navarro, pero que a partir del gobierno de Adolfo Suárez y de la reforma política se manifiestan de una forma más clara.



De esta forma, a nivel político el conflicto estalla con la Ley de Reforma Política, que surge en el contexto de las rivalidades internas entre los dos grupos de poder del postfranquismo, y por el empeño del Presidente del Gobierno Adolfo Suárez, y Torcuato Fernández Miranda, de dar un giro de efecto al proceso político (ante el aumento y recrudecimiento de la oposición social por la falta de reformas del régimen), y empezar así la consolidación del cambio de régimen, que tendría en esta Reforma de 1976, en la Amnistía de 1977 y en la Constitución de 1978, el tridente de reformas de ley en los cuales se asienta la transición y que responde a la filosofía personal del propio Fernández-Miranda que lo resumía como “de la ley a la ley a través de la ley”, es decir, el lento y controlado proceso legislativo de desmantelamiento de la dictadura y asentamiento de la democracia.

La Ley para la Reforma Política venía a alterar el sistema normativo franquista de las Leyes Fundamentales del Reino y  los Principios del Movimiento Nacional, que mantenían la base del régimen franquista, y negaban cualquier opción política al margen del Movimiento Nacional y que las élites reformistas querían eliminar, para equiparar a España al resto de países del bloque occidental.




Este proyecto, no obstante, no cuajaba por la fuerte oposición del búnker. Para su defensa, los reformistas trataron de buscar un argumento de legitimidad escogiendo para su ponencia parlamentaria a un apellido célebre del régimen franquista, Miguel Primo de Rivera y Urquijo (sobrino del fundador de Falange José Antonio Primo de Rivera), y consiguieron que fuera finalmente votada el 18 de noviembre de 1976, y aprobada mayoritariamente en más de un 90% por los españoles por referéndum nacional el 15 de diciembre de 1976. 

Esta Ley para la Reforma, impulsada por Adolfo Suárez y redactada por Fernández-Miranda (político y jurista asturiano, mano derecha de Suárez y Juan Carlos I en el proceso de consolidación de la transición y Presidente de las Cortes de 1975-1977), básicamente, venía a afirmar la apuesta por un régimen democrático de libertades, bicameral y parlamentario, y por la soberanía popular y la futura e inevitable legalización de los partidos políticos, incluído el polémico Partido Comunista de España-PCE que, pese a la oposición de casi toda la cúpula militar, acabó siendo legalizado el llamado “Sábado Santo” del 9 de abril de 1977.

Una vez contenidas las bases políticas, el Gobierno de Adolfo Suárez desarrolla a partir de 1977 las bases jurídico-legales del sistema actual, y que fueron y son aún hoy fundamentales para desarrollar la imagen de legalidad y legitimidad del sistema político actual. 




En este proceso destaca la Ley de Amnistía de 1977. La Ley 46/1977, de Amnistía promulgada el 15 de octubre de 1977, resuelve de forma favorable el reconocimiento y amnistía política a los militantes políticos contrarios a la dictadura franquista en las décadas precedentes, anula los juicios de contenido político, y contempla compensaciones económicas a estos, a raíz de la cual fueron amnistiados y sacados de las prisiones los presos políticos de la dictadura. 

Sin embargo, junto con este reconocimiento a los depurados por la dictadura, se añade también por defecto a todos los funcionarios del propio régimen franquista, que quedan también amnistiados en dicha ley. 

En la ley, literalmente, quedaban amnistiados “los delitos de rebelión y sedición, la objeción de conciencia a la prestación del servido militar, por motivos éticos o religiosos, los delitos de denegación de auxilio a la Justicia por la negativa a revelar hechos de naturaleza política, conocidos en el ejercicio profesional, los actos de expresión de opinión, realizados a través de prensa, imprenta o cualquier otro medio de comunicación, los delitos y faltas que pudieran haber cometido las autoridades, funcionarios y agentes del orden público, con motivo u ocasión de la investigación y persecución de los actos incluidos en esta Ley, y los delitos cometidos por los funcionarios y agentes del orden público contra el ejercicio de los derechos de las personas”. 

Se trataba de satisfacer la vieja reivindicación de toda la oposición antifranquista, pero obviando el hecho de que, como decimos, la ley también iba a amparar a las personas que hubieran cometido delitos durante la represión franquista , de forma que una vez aprobada la ley ya no se podrían pedir responsabilidades por las violaciones de los derechos humanos cometidas por los aparatos de represión de la dictadura,o por miembros de grupos terroristas, algo que décadas después ha suscitado polémicas enfrentadas. 

Además, se ponían los márgenes para el gran proceso político vigente con el proceso de elaboración de la actual Constitución de 1978. 




Desde junio de 1977 (con las nuevas cortes salidas de las primeras elecciones democráticas del 15 de junio de 1977) hasta abril de 1978, tal y como recoge el artículo “El proceso constituyente” de la publicación “El Siglo de Europa” del año 2003, Adolfo Suárez creó una “Comisión Constitucional” (después denominada Comisión de Asuntos Constitucionales y Libertades Pública) en el Congreso de Diputados que sería la encargada de elaborar el proyecto de Constitución que luego sería discutido en el pleno de la Cámara, para su posterior debate en el Senado, y que estaría formada por una ponencia de siete miembros formada por Miguel Herrero y Rodríguez de Miñón (UCD), José Pedro Pérez Llorca (UCD), Gabriel Cisneros (UCD), Gregorio Peces Barba (PSOE), Jordi Solé Tura (PCE), Manuel Fraga Iribarne (AP) y Miquel Roca i Junyent (CDC), los actualmente llamados “padres de la Constitución”. Esta Ponencia realizó sus trabajos bajo confidencialidad.




Para ahondar en el secretismo del proceso, como describe Santos Juliá en su libro “Un siglo de España. Política y sociedad “, se produjo una segunda negociación, al margen de la comisión, entre los representantes del ya incipiente bipartidismo, Fernando Abril Martorell (en nombre de UCD) y Alfonso Guerra (en el del PSOE), que se reunieron en privado para consensuar los temas conflictivos, lo que permitió la rápida aprobación de los artículos del anteproyecto por conservadores y socialistas, a los que posteriormente se dejó que se sumaran comunistas y a nacionalistas catalanes, aunque las bases del proyecto constitucional, prácticamente, habían sido consensuadas únicamente por dos partidos de todo el espectro político español. 

Finalmente, y después de un largo proceso de ocultación política, el texto constitucional es votado el 31 de octubre de 1978 en el Congreso y en el Senado, siendo ampliamente respaldado y posteriormente, el 6 de diciembre de 1978 es sometida a referéndum, siendo aprobada por casi el 88% de la población española. 

La Constitución española de 1978 fue la culminación de toda una etapa de recuperación de derechos cívicos y políticos, y asentaba al actual estado social y democrático de derecho, la división de poderes, la polémica y siempre en debate unidad indisoluble del estado español, y la autonomía regional a través de las Comunidades Autónomas.


4) La creación de los partidos políticos 

El otro elemento básico para afianzar el sistema político era, sin duda alguna, la creación de los grandes partidos políticos; UCD-AP por la derecha, y PSOE, por la izquierda.

-Por la derecha; destaca la formación de los partidos herederos del régimen franquista Alianza Popular y la Unión de Centro Democrático. 

El partido principal de la derecha en España fue la U.C.D. que, como indica Javier Tusell en su libro “Tiempo de incertidumbre: Carlos Arias Navarro entre el franquismo y la transición”, recoge directamente la herencia del llamado “Grupo Tácito”, creado el 27 de abril de 1973 por los sectores ya comentados del reformismo político del franquismo, con el fin de preparar el terreno para el futuro régimen después de la ya entonces inminente muerte de Franco, de forma que a través de sus textos ya anunciaban la voluntad de generar un proyecto reformista y no rupturista, es decir, reformar las instituciones lo suficiente para hacerlas aceptables a las reivindicaciones democráticas del momento. 

Además, Tácito sirvió como punto de encuentro para un gran número de intelectuales y políticos que más tarde deberían unirse en un proyecto político común reformista, como Alfonso Osorio, Pío Cabanillas, Leopoldo Calvo Sotelo, Landelino Lavilla, o Fernando Álvarez de Miranda entre otros muchos. Era pues, un grupo para pilotar la salida tutelada del franquismo.

Desde 1976, y con la aparición de los partidos políticos, los militantes de Tácito se desplegarían entre los más moderados para cooptar las voluntades de formación de un modelo bipartidista, especialmente en las cúpulas de la UCD y del PSOE. 




El mayor proyecto de éstos fue la U.C.D., que se constituye como coalición de partidos políticos conservadores y centristas en mayo de 1977 (que fueron nada menos que  la Federación de Partidos Demócratas y Liberales, Partido Popular, Federación Social Demócrata, Partido Social Demócrata de España, Partido Socialdemócrata Independiente, Partido Demócrata Cristiano, Partido Demócrata Popular, Federación Social Independiente, Partido Progresista Liberal, Partido Liberal, Unión Social Demócrata Española, Partido Social Liberal Andaluz, Partido Gallego Independiente, Unión Canaria, Unión Demócrata de Murcia y la Acción Regional Extremeña), bajo el liderazgo del ya entonces Presidente del Gobierno Adolfo Suárez, que aprovecha su imagen, su popularidad y su tirón mediático (recordar que entre 1969 y 1973 fue el Director general de Radiodifusión y Televisión) para asentar uno de los dos pilares, por el centro-derecha del nuevo régimen.

Inicialmente, la UCD, de la que ya se sabía su escaso futuro político, por las divergencias internas y la amplia amalgama y diferencia interna de su seno, sin embargo, cumplió a la perfección el papel al que fue llamado en su momento. 

Sirvió para aglutinar al espectro moderado proveniente del régimen, acercó las posiciones políticas en torno al jefe del estado Juan Carlos I, sirvió de garante para la creación de la Constitución de 1978, y asentó la gobernabilidad del país para tutelar todo este proceso de establecimiento institucional del nuevo régimen, al gobernar el país desde 1977 (aunque Adolfo Suárez ya lo venía haciendo desde 1976), hasta 1982.

Las crisis externas (paro, inflación, crisis económica...) y las internas (faltas de acuerdos entre los integrantes del partido y falta notoria de apoyo del partido a su presidente, Suárez), inician la progresiva voladura del partido, que deja de ser útil ante la consolidación del sistema, por un lado y la necesidad de un partido fuerte y cohesionado conservador, que ya estaba representado por Alianza Popular, con mayores apoyos en el campo conservador español.

Esta liquidación de la UCD se completa con la dimisión de Adolfo Suárez en enero de 1981, el golpe de estado del 23-F  de 1981 contra el Gobiero Suárez, la derrota electoral y la pérdida del gobierno frente al PSOE en octubre de 1982, y su definitiva disolución como partido político, siendo sus miembros integrados en los dos grandes partidos; Alianza Popular, y PSOE. 




Tras la disolución de la UCD en 1983, su testigo lo recogerá  Alianza Popular, fundada en octubre de 1976 por, nuevamente, una coalición de partidos conservadores y ligados, de una forma más clara que la UCD al sector moderado de los reformistas,  como fueron Reforma Democrática, Unión del Pueblo Español, Acción Democrática Española, Democracia Social, Acción Regional, Unión Social Popular, y Unión Nacional Española, liderados sucesivamente por Manuel Fraga Iribarne (su líder y cara más visible), Cruz Martínez Esteruelas, Federico Silva Muñoz,  Licinio de la Fuente, Laureano López Rodó,  Enrique Thomas de Carranza, y Gonzalo Fernández de la Mora.

Estas agrupaciones tendrían, como en el caso del Grupo Tácito, origen en acercamientos personales de los representantes políticos desde 1973, y empezaron a aparecer gracias al impulso reformista del presidente del gobierno, Carlos Arias Navarro (el conocido como “Espíritu del 12 de febrero”) materializado en el Estatuto de Asociaciones Políticas de 1974, que únicamente legalizaba algunos partidos políticos dentro del espectro ideológico del régimen franquista, y posteriormente en las más amplia Ley sobre el Derecho de Asociación Política de 1976. 

Después del escaso apoyo popular que tuvo A.P. en las elecciones generales de 1977, en parte debido a la identificación del partido con el régimen franquista, se hizo necesario un rejuvenecimiento y renovación del partido, que se refunda en el IX Congreso de Alianza Popular celebrado el 20 y 22 de enero de 1989 en el nuevo Partido Popular (PP), del que forman ya parte futuros dirigentes nacionales del partido y del estado, como el futuro Presidente del Gobierno José María Aznar y otros rostros conocidos, como Alberto Ruiz Gallardón, Francisco Álvarez Cascos, Federico Trillo, Abel Matutes, Marcelino Oreja, o Isabel Tocino.

-Por la izquierda, el PSOE; Ya durante la dictadura franquista, el PCE había ya dado cambios y pasos fundamentales para convertirse en un partido “aceptable” para el sistema democrático, pero estaba demasiado estigmatizado por 40 años de régimen franquista que lo identificaban con el mal absoluto y con la “anti España”. 

Para ello, era necesario que el sistema de la transición se basase en otro partido de la izquierda, más moderado, pero con cierto respeto, historia, y apoyo entre la oposición democrática, el PSOE.

El Partido Socialista Obrero Español, el partido político en activo más antiguo de España fundado en 1879, seria la otra base del régimen político de la transición junto con UCD y muro de contención de la izquierda más radicalizada, y tuvo en su Congreso de 1979 el punto de inflexión que lo convirtió de un partido hostil al régimen monárquico-liberal, a uno de sus pilares fundamentales. 




En este XXVIII Congreso del PSOE, celebrado en mayo de 1979, y su réplica en septiembre de ese mismo año, se produjo el definitivo abandono del marxismo como ideología del partido, sin duda alguna uno de los elementos claves que marcaron el devenir de los acontecimientos durante el periodo de la llamada transición política española, y clave para convertir al PSOE en el partido actual.

Con este congreso, se produce definitivamente el proceso de cambio político e ideológico, y definitivamente se producía una ruptura clara con respecto a las bases ideológicas que habían venido marcando la trayectoria ideológica del partido socialista desde que fuera fundado por Pablo Iglesias exactamente 100 años antes.

Sin embargo, esta situación política de finales de los años 70 era la culminación definitiva de una evolución política que se habían venido dando dentro del partido socialista durante las décadas anteriores del siglo XX y muy especialmente después de la desaparición de su fundador en los años 20. 

Así, ya durante el periodo de la II República se habían afianzado dentro del partido posiciones más moderadas, lideradas entre otros por Julián Besteiro, presidente del Congreso de los Diputados en la época de 1931-1933, y posteriormente partícipe del Consejo Nacional de Defensa que, en 1939, trató de negociar con Franco una rendición del bando republicano.

Célebre en esta línea también fue el caso de Indalecio Prieto, quien fuera Ministro de Hacienda, Obras Públicas, Marina y Defensa en el periodo republicano, y protagonista de los primeros contactos con la oposición monárquica de Don Juan de Borbón a finales de los años 40 en el exilio y que siempre mostró tendencias moderadas.

Esta línea moderada se reforzó con el tiempo durante la dictadura franquista, con la llegada al partido de la nueva generación de jóvenes en el interior del estado español (el llamado "sector renovador o del interior") que durante esos años irían tomando posiciones para dar el cambio ideológico de los años 70, como fue el caso de Felipe González o Alfonso Guerra, frente a la tendencia izquierdista del exilio (el llamado "sector histórico o del exterior") liderado por aquel entonces por Rodolfo Llopis. 

Pronto, las diferencias ideológicas entre ambas tendencias se harían notar y estallarían poco después.
En España, el PSOE no era el primero en experimentar estos cambios. 

Ya durante los últimos años del franquismo, en 1974 y 1975, el PCE de Santiago Carrillo se desmarcó claramente de la oposición más radical y del estalinismo, a favor de tendencias mucho más moderadas y pactistas con el régimen político. 

Una vez desaparecido Franco, en 1976  Carrillo había ofrecido garantías de moderación de sus militantes, así como la aceptación del régimen monárquico y de la bandera nacional. Poco después, en marzo de 1977, en una reunión celebrada en Madrid con la asistencia de Georges Marchais (PCF) y Enrico Berlinguer (PCI), Carrillo presenta de forma oficial el “movimiento eurocomunista”  al que se adhiere el PCE, renunciado ya clara y abiertamente a la vía revolucionaria, que había sido clave desde la fundación del partido en 1921, siendo apoyado en el terreno sindical por su aliado Marcelino Camacho que en CCOO lleva a cabo la misma política. 

Con estos ejemplos, la línea renovadora  del PSOE emprendió su cambio interno en el seno del PSOE para conseguir llevar también al partido hacia postulados políticos más moderados. 

Estas posiciones renovadoras empezaron a ganar peso en el famoso XXVI Congreso del PSOE en  Suresnes (Francia) en 1974, donde se erige como líder de esta facción al renovador Felipe González, nombrado secretario del partido. 

Sin embargo, este proceso de cambio político total iba a tener que esperar tiempo aun, ya que en el XXVII Congreso del PSOE  en 1976 si bien Felipe González era reelegido secretario del partido, éste no podía evitar que la mayoría del partido se definiese, según aparece en la resolución y los estatutos del partido, como un “partido de masas y marxista para lograr el objetivo final de una sociedad sin clases y la desaparición del estado”, sin duda alguna, influenciados por los movimientos sociales acaecidos en los años 60 y 70. 

Sin embargo, la posición política del partido no acompañaba al optimismo político de sus militantes y eso se tradujo en las derrotas elecciones de 1977 y 1979, que el sector renovador achacaba al excesivo radicalismo ideológico y la desconfianza que ello generaba en España. 

Esta situación había suscitado el temor de los sectores críticos del partido (Francisco Bustelo, Luis Gómez Llorente, Pablo Castellano, Enrique Tierno Galván…), y con un panorama de tensión interna, se inicia en mayo de 1979 el XXVIII Congreso del PSOE , en el cual Felipe González critica nuevamente el excesivo radicalismo ideológico del partido y anuncia a la militancia su intención firme de no presentarse a las elecciones internas del partido, tal y como afirma en su artículo “Historia del socialismo” el investigador Francisco José Rey, quien señala que el líder socialista afirma durante esos días; 

“Si alguien me dice que hacemos esto porque queremos ocho millones de votos, le diré que sí, que queremos y necesitamos ocho millones de votos. No tengo inconveniente en que se me llame socialdemócrata.” 

Un ejemplo muy obvio de esta tensión política que se vivía en el seno del PSOE en esos meses la reproduce muy bien uno de los líderes del sector marxista en este congreso, Luis Gómez Llorente, cuando el 2 de junio de 1979 afirmaba en un artículo titulado “El postcongreso del PSOE” publicado en el diario El País; 

“Lo que se ha de reformar no es la ideología del PSOE, sino la sociedad española. Reformar la ideología del PSOE es un modo discreto de iniciar la renuncia a la transformación en profundidad de la sociedad. No está solo en juego la línea ideológica del partido. 

No solo nos movemos para evitar que el próximo congreso sea el Bad Godesberg español, también subyacen concepciones del partido diferentes. Es el problema de la democracia interna, y del qué hacer”

Fruto de esto, Felipe González presenta su negativa a la reelección, debido a lo cual se tiene que formar una Comisión Gestora hasta el congreso extraordinario fechado en septiembre de ese mismo año.




Cuatro meses después, en septiembre de 1979 se convocaba un Congreso Extraordinario al XXVIII Congreso del PSOE, donde se producían nuevamente las votaciones internas sobre la ideología política del partido y donde sería eliminada la referencia ideológica marxista, definiéndose como socialista y democrático, según la propuesta de los renovadores, y donde Felipe González seria reelegido secretario del partido por la mayor parte de los militantes socialistas (85%), frente al escaso apoyo, de apenas un 7% del ala marxista de Luis Gómez Llorente. 

Al igual que en el caso del PP, el nuevo PSOE presentaba ya en su lista de 1979 a futuras caras conocidas de la política nacional española, como Felipe González, Alfonso Guerra, Javier Solana, Joaquín Almunia, Enrique Múgica, o Txiki Benegas. 

Este cambio era, para los sectores moderados y renovadores o “socialdemócratas” del PSOE, una necesidad para adaptar definitivamente al partido al nuevo marco político de la transición política española, de igual manera que hacían otros partidos procedentes de la derecha, tal y como afirmaba el periodista Emilio Romero, en su artículo “Las cosas claras” aparecido en el diario “Informaciones” el 1 de octubre de 1979; 

“Es de esperar que, después de este último congreso socialista, y en el próximo congreso de la UCD, nos aclaren ambos partidos lo que son y lo que quieren, y que comience a funcionar en España una democracia que se sostenga, entre uno que gobierna y otro que fiscaliza los actos del gobierno y controla el poder. A ver si aclaramos el horizonte”.


Bibliografía

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-“Historia del P.S.O.E.”. Archivo Histórico del Partido Socialista Obrero Español.

-“Historia de la C.E.O.E.”. Archivo Histórico de la Confederación Española de Organizaciones Empresariales.


Documentales y películas


-Adolfo Suárez, el presidente (serie). 

-De la ley a la ley. 

-La transición de Victoria Prego (serie). 

-Tarancón, el quinto mandamiento.

-Siete días de enero.